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martes, 2 de marzo de 2010

El español en Brasil: negocio o educación

por Xoán Carlos Lagares

Amicus Plato, sed magis amica veritas
Cicerón

Suelo leer con distancia irónica los titulares de la prensa española sobre la imparable difusión de la lengua española en Brasil, esa “isla” de portugués rodeada por todas partes de países castellanoparlantes. Lo de la insularidad lingüística de Brasil me recuerda siempre aquel dicho inglés sobre el aislamiento del continente europeo. Supongo que muchos lectores de esos medios propagandísticos, quiero decir, informativos, deben pensar que dentro de nada podrán andar por este inmenso país de América del Sur hablando su castizo castellano sin necesidad de hacer ningún esfuerzo para ser comprendidos. Nada más lejos de la realidad. Por si acaso, quiero empezar aclarando que por aquí casi todo el mundo habla portugués (y más de 180 lenguas indígenas, además de italiano, alemán o japonés en históricas comunidades de inmigrantes).

En el año 2005 se aprobó una ley que establece la oferta obligatoria del español como lengua extranjera en los currículos escolares de la última fase de la enseñanza fundamental y en la secundaria. Es decir, que los centros de enseñanza públicos y privados deben ofrecer el español como asignatura obligatoria u optativa para los estudiantes, a criterio de las comunidades escolares. La aprobación de esa ley deflagró aquel torrente de comentarios y noticias delirantes sobre la transformación de Brasil en un país bilingüe del que hablaba al principio. También se destacaba la necesidad de que España asumiese un papel preponderante en la formación de profesores de español en Brasil. Sólo así se conseguiría regimentar el contingente necesario (utilizando el léxico bélico que los agentes del español internacional gustan de emplear) para acometer tal empresa de dimensiones continentales.

La política lingüística española que considera la conquista de Brasil un objetivo prioritario es la misma que invierte fuertemente en el valor económico de la lengua, pasando por arriba de cualquier consideración relacionada con la ecología lingüística, el respeto a la diferencia o el equilibrio multilingüe.

Además, para la ideología “liberal” española, tan comprometida con el valor instrumental y productivo del castellano, la promoción de “las demás lenguas españolas” sería una aberración económica, pues le quitaría poder de persuasión a la política expansionista del español. ¿Cómo podría difundir su poder comunicativo por el mundo un idioma que no es capaz de ser completamente hegemónico ni en su propia casa? Cual bala perdida, los tiros nos llegan de rebote a los indisciplinados hablantes minoritarios, que nos negamos a participar en esa magna empresa de expansión internacional.

Como la guerra de las lenguas es una batalla sin cuartel en busca de rendimientos económicos, no se ahorran esfuerzos para la conquista de mercados. Los discursos que intentan persuadir de la bondad y necesidad de esa política convierten el español en puro instrumento de comunicación, intentando desvincular la lengua de la cultura e incluso de la historia si por un lado exaltan los valores del mestizaje y del hibridismo (para los otros), también proponen un férreo control sobre la lengua, en nombre del hegemonismo y de la centralidad normativa. Como los discursos propagandísticos suelen disparar para todos los lados, es frecuente que se argumente sin tapujos sobre el valor económico del español para España (representaría el 15% de su PIB, como se repite hasta la saciedad), al mismo tiempo que se enaltece la integración latinoamericana, aunque no parece que los países americanos de lengua oficial española sean llamados a beneficiarse de esa operación económica.

Cuando se aprobó la famosa Ley del español en Brasil, los propios medios oficiales brasileños relacionaban el acuerdo con la condonación de una parte de la deuda con España. Es decir, España cambiaba deuda por enseñanza del español en el sistema educativo brasileño. Y además se disponía a realizar inversiones para garantizar la implementación de la ley, posiblemente confiando en conquistar una posición privilegiada en un mercado emergente que no para de agregar nuevos consumidores.

El plazo que la ley se daba a sí misma para su completa implementación era de cinco años. Expira por tanto en 2010. Como el Estado brasileño no se ha esforzado mucho por hacerla realidad (por ejemplo, contratando a los profesores de español que ya están en el mercado o que salen cada año de las más de trescientas facultades que ofrecen estudios de letras orientados hacia esa lengua), el gobierno español y empresas asociadas han tomado la iniciativa, siempre de forma precipitada y arrogante. Hace dos años, por ejemplo, el banco de Santander propuso al Estado de São Paulo formar profesores de español con un curso a distancia del Instituto Cervantes. Las universidades paulistas se opusieron con determinación a esa medida absurda que pasaba como una apisonadora por arriba de su función constitucional de formar profesores para la enseñanza regular brasileña, devaluando el título de sus licenciados.

Ahora parece que vuelven a la carga. El pasado 4 de agosto se firmó un acuerdo al más alto nivel, entre el ministro de Educación brasileño y la vicepresidenta del gobierno español, para el uso de un programa de enseñanza de español a distancia del Instituto Cervantes en el sistema público de educación. Nuevamente la maquinaria pesada intenta atropellar el trabajo de los profesionales del español en Brasil. Los profesores de las universidades públicas, las asociaciones de profesores de español de los Estados y la Asociación Brasileña de Hispanistas hemos manifestado nuestro rechazo a esa medida y pedido explicaciones al Ministerio, aunque de momento ni siquiera hemos conseguido tener acceso al texto de la Carta de Intenciones que fue firmada por ambos gobiernos. Desde entonces no ha cesado la movilización.

Es un insulto a la inteligencia pretender usar una metodología de enseñanza de español a distancia, construida según las directrices del Marco Común Europeo de Referencia, en los colegios brasileños. La asignatura de lengua extranjera en la enseñanza regular brasileña no tiene un carácter estrictamente instrumental, sino que pretende cumplir objetivos educativos más amplios, como poner al estudiante en relación con otras realidades culturales, hacerlo reflexionar sobre su propia lengua y sobre la diversidad lingüística, derribar estereotipos, dialogar con otras materias del currículo para cumplir objetivos transversales y contribuir, en suma, a una educación lingüística que vaya mucho más allá del simple dominio de la lengua como “puro instrumento comunicativo”. Eso es algo que la escuela puede y debe hacer, y en las universidades brasileñas trabajamos con empeño para formar a los profesores que puedan actuar críticamente en ese modelo educativo.

En Brasil, por otra parte, ya se han puesto en marcha interesantes medidas de integración lingüística que funcionan bien, como las Escuelas Interculturales Bilingües de Frontera, en las que se utilizan métodos de inmersión lingüística, con profesorado de ambos lados de la frontera trabajando en conjunto. Hay también acuerdos entre Brasil y los otros países del Mercosur en los que prima la horizontalidad y la reciprocidad de las políticas lingüísticas, de manera que las mismas medidas educativas son adoptadas por todos.

El propio gobierno español, a través de la Consejería de Educación de la Embajada, aplica auténticas políticas de cooperación, creando Centros de Recursos Didácticos en colaboración con centros de enseñanza superior de Brasil u organizando cursos interuniversitarios de actualización para profesores. Yo mismo he impartido, como profesor de una universidad brasileña, uno de esos cursos, formando parte de un equipo interuniversitario de profesores brasileños y españoles. Eso es cooperación y difusión razonable del idioma. Lo otro es simple negocio y delirio imperial. El gobierno español y los consorcios empresariales que alientan ese tipo de políticas lingüísticas pueden poner el castellano a la venta en Brasil, si eso es lo que quieren. Pero que nadie se sorprenda si los brasileños deciden no comprarlo. Al final, el tiro les saldrá por la culata.


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FUENTE:
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Librodenotas.com . Este artículo fue extraído completo de este sitio:

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